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LA BOTELLA DE CHICHA - JULIO RAMÓN RIBEYRO

  En una ocasión tuve necesidad de una pequeña suma de dinero y como me era imposible procurármela por las vías ordinarias, decidí hacer una pesquisa por la despensa de mi casa, con la esperanza de encontrar algún objeto vendible o pignorable. Luego de remover una serie de trastos viejos, divisé, acostada en un almohadón, como una criatura en su cuna, una vieja botella de chicha. Se trataba de una chicha que hacía más de quince años recibiéramos de una hacienda del norte y que mis padres guardaban celosamente para utilizarla en un importante suceso familiar. Mi padre me había dicho que la abriría cuando yo «me recibiera de bachiller». Mi madre, por otra parte, había hecho la misma promesa a mi hermana, para el día «que se casara». Pero ni mi hermana se había casado ni yo había elegido aún qué profesión iba a estudiar, por lo cual la chicha continuaba durmiendo el sueño de los justos y cobrando aquel inapreciable valor que dan a este género de bebidas los descansos prolongados. Si...

LOS MERENGUES - JULIO RAMÓN RIBEYRO

  Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas -había aprendido a contar jugando a las bolitas- y constató, asombrado, que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle. En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues –blancos, puros, vaporosos- lo dec...

EL DEÁN DE SANTIAGO - JUAN MANUEL

  Otro día hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, y contábale algo que le había ocurrido de esta manera: —Patronio, vino un hombre a rogarme que le ayudara en un asunto, y prometióme que haría por mí todo lo que fuese para mi provecho y mi honra. Y yo comencé a ayudarlo cuanto pude en aquel asunto. Y antes de que aquel negocio hubiese realmente acabado, creyendo él que estaba resuelto, llegó un momento en que correspondía que él hiciese algo por mí y le rogué que lo hiciese, y se excusó. Y después se presentó otra cosa que podía hacer por mí, y de nuevo se excusó; y así hizo en todo lo que le rogué que hiciese por mí. Y aquel asunto para el cual él me pidió ayuda no está aún resuelto, ni se resolverá mientras yo no lo quisiere. Y por la confianza que tengo en vos y en vuestro entendimiento, ruégoos que me aconsejéis lo que haga en esto. —Señor conde —dijo Patronio—, para que hagáis en esto lo que debéis, m...

REUNIÓN - JOHN CHEEVER

  La última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a una casa de campo en el Cabo alquilada por mi madre, y escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me escribió diciendo que él se encontraría conmigo a mediodía frente al mostrador de información, y a las doce en punto lo vi venir entre la gente. Para mí era un desconocido —mi madre se había divorciado de él hace tres años y desde entonces no lo había visto— pero apenas lo vi sentí que era mi padre, un ser de mi propia sangre, mi futuro y mi condenación. Supe que cuando creciera me parecería a él; tendría que planear mis campañas ateniéndome a sus limitaciones. Era un hombre alto y apuesto, y me complació enormemente volver a verlo. Me palmeó la espalda y me estrechó la mano. —Hola, Charlie –dijo—. Hola, hijo. Me agradaría llevarte a mi club, pero está en la calle ...